—¿Cuántos trasgos son? —preguntó la alcaldesa de Penejotaburgo.
—He contado al menos quince en las colinas del sur, pero creo que hay más escondidos por el bosque —respondió la cazadora.
—¿Cómo lo ves? ¿Podremos con ellos? —la alcaldesa miró al alguacil, que se llevó la mano al mentón, pensativo.
—Si son solo esos, aunque fuesen bien armados, los venceríamos sin problemas. Pero si hay más, podríamos tener bajas.
La alcaldesa afirmó con la cabeza mientras observaba a los aldeanos que habían acudido a la reunión de emergencia. Pese a que la mayoría de los aventureros pensaban que los penejotaburgueses eran unos inútiles con las armas, todos ellos, como buenos milicianos que eran, tenían cierta experiencia en combate.
—¿Alguien sabe si está por aquí cerca la típica cuadrilla de héroes de turno? —preguntó en voz alta.
El viejo borracho, completamente sobrio, respondió rápidamente:
—Hay un grupo en la taberna. Variado, seis miembros de diversas profesiones y especies. Parecían competentes. Tenemos allí al grupo de parroquianos para darles ambiente.
—Como era de esperar —apuntó la alcaldesa.
Repasó con la mirada a todos los que se habían presentado y apuntó con su dedo a la hortelana del camino a Otroburgo, cuyas tierras estaban próximas a las colinas del sur.
—Ve a la taberna a dar la alarma. Sigue los procedimientos Asalto Dos y Miedo Siete. Diles que han atacado tus tierras. Tienes que ir gritando aterrorizada, como si te fuera la vida en ello. Si te piden dinero, usa la tabla de precios Ocho, pero ajústala a la Nueve si ves que son poderosos. Usa el escalado normal si piden más —la hortelana asintió con la cabeza, confirmando que lo había entendido todo— ¿Dónde está tu marido?
—Aquí —el hortelano del camino a Otroburgo se adelantó un paso para que lo viese.
La alcaldesa meneó la cabeza con desagrado por la propuesta que tenía que hacerle, pero todos conocían los protocolos y asumían sus responsabilidades.
—Te vamos a tener que hacer una herida; nada grave, pero tiene que sangrar algo para aparentar —comentó mientras avisaba con la mano a la cazadora para que ayudase.
El hortelano asintió sin dudarlo y señaló a la cazadora en el costado para que le hiciese allí un buen corte. Con suerte, en el grupo había algún sanador que luego lo podría curar y algún bardo o mago para reparar la ropa. Iba a dolerle, por supuesto, pero todos estaban ya más que acostumbrados.
—Y tú —esta vez señaló al viejo borracho—, ve con ella a la taberna. Si ves complicado que acepten, suelta algún discurso de borracho con remordimientos que les haga conmoverse, algo para que piquen el anzuelo.
—De acuerdo, jefa.
—Venga, todos en marcha —ordenó la alcaldesa, y la hortelana se alejó corriendo del grupo hacia la taberna, acompañada por el viejo borracho, que comenzó a andar haciendo eses, como si estuviese completamente ebrio. El hortelano se alejó con la cazadora hacia su casa, donde se ocultaría de los trasgos una vez le hiciese la herida, pero estaría atento a la presencia de los héroes para facilitar que lo localizasen.
***
En la taberna dominaba el bullicio habitual, con los parroquianos hablando en un murmullo bajo pero continuo, que se iba sumando a las voces de los que les rodeaban hasta alcanzar un tono alto. El volumen aumentó considerablemente cuando entró un viejo borracho gritando locuras y exigiendo una cerveza a la tabernera, quien masculló que estaría mejor en casa pero, aún así, le sirvió una jarra espumosa bien llena sin ningún remordimiento.
El grupo de aventureros descansaba comiendo unas gachas y bebiendo también cerveza, excepto por Sharila «Ojos Lejanos», que tomaba hidromiel mientras ajustaba la cuerda de su arco; y Vestara «la Domadora del Fuego», que jugueteaba con su copa de vino mientras escogía de su tomo mágico los sortilegios que memorizaría para el día siguiente.
Gorfil Tuercepié «Sombras de Ciudad», se sentía observado. Al girarse, descubrió que el viejo borracho los miraba atentamente, murmurando algo sobre un apocalipsis, así que decidió ignorarlo completamente, esperando que no fuese a la mesa a darles la murga.
Normariga «Cazademonios», la adoradora de Aporimin'tilen, hablaba subida a la silla para que sus compañeros la prestasen atención, sobre cómo conseguir algunas monedas de oro más para mejorar su equipo, cuando se escuchó una voz que entraba gritando en la taberna:
—¡Trasgos, trasgos! —gritó una mujer con ropa gruesa, levantando sus manos llenas de callos— ¡Están asaltando la aldea por la colina sur! ¡Han herido a mi marido!
Shasmón «Crujecabezas» se levantó cuan grande era, riendo a carcajadas «¡por fin algo de acción!». Todos sus compañeros también se ilusionaron al escuchar la voz de alarma: seguro que aquello les supondría alojamiento y comida gratis, así como unas cuantas monedas de oro.
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