—¿Entonces, con eso reduciríamos la velocidad de rotación de la Tierra? —preguntó el gran magnate de todo tipo de negocios, algunos legales, otros más turbios, otros tan oscuros que no había mente razonable que quisiera imaginárselos.
—Sí, pero las consecuencias serían desastrosas —le respondió la científica, ajustándose las gafas y mirando la tablet con varias gráficas de resultados—: el efecto coriolis reduciría su velocidad, lo que causaría olas de calor estancadas, más intensas y prolongadas; también tormentas devastadoras mucho más duraderas e impredecibles, lo que causaría inundaciones aún más comunes y bestiales; la flora y la fauna, aparte de resentirse para poder adaptarse al cambio de horas solares...
—Sí, sí, ¿pero con esa tecnología podríamos hacerlo sin que nadie nos descubriese?
La científica lo miró, asombrada:
—Supongo. Hay que estudiarlo más a fondo, no deja de ser un efecto colateral del experimento pero, si se aplica poco a poco, sin hacerlo público, posiblemente en entre cinco y diez años se conseguiría aumentar la duración de cada día en una hora sin que nadie sospechase sobre el origen del efecto ni sobre quienes podrían ser los responsables.


