—¿Cuántos trasgos son? —preguntó la alcaldesa de Penejotaburgo.
—He contado al menos quince en las colinas del sur, pero creo que hay más escondidos por el bosque —respondió la cazadora.
—¿Cómo lo ves? ¿Podremos con ellos? —la alcaldesa miró al alguacil, que se llevó la mano al mentón, pensativo.
—Si son solo esos, aunque fuesen bien armados, los venceríamos sin problemas. Pero si hay más, podríamos tener bajas.
La alcaldesa afirmó con la cabeza mientras observaba a los aldeanos que habían acudido a la reunión de emergencia. Pese a que la mayoría de los aventureros pensaban que los penejotaburgueses eran unos inútiles con las armas, todos ellos, como buenos milicianos que eran, tenían cierta experiencia en combate.




