domingo, 27 de diciembre de 2020

Microrrelato: La bruja de tu tía

Tom nunca había llegado a conocer a tía Margaret, pero siempre recibía un regalo suyo por su cumpleaños: agendas de papeles gruesos cosidos con hilo, collares y pulseras artesanales hechos con abalorios, velas de miel, perfumes personalizados. A él le encantaban y le permitía conjeturar cómo sería ella, si es que algún día llegaba a conocerla. Se la imaginaba con el pelo largo, recogido en infinitas trenzas que le llegaban hasta la cintura, gafas grandes sujetas con cinta aislante y ropas de muchos y vivos colores, sujetas por un cinturón con flecos colgando, siempre rodeada de tijeras, hilos de lana, goma eva, frascos de cristal y un montón de artilugios propios de una feria de artesanía.

Abalorios
Imagen de hodihu en Pixabay

Cuando le preguntaba a su padre si podían ir a visitarla, él siempre decía lo mismo: «Tu tía es una bruja, no tiene tiempo para nadie más». A Tom no le parecía bien que su padre hablase así de ella, insultándola tan gratuitamente, pero cuando indagaba para ver qué problema había tenido con ella, solo recibía como respuesta «problema ninguno, es una bruja y punto». Nunca insistió más. Suponía que habría problemas familiares, rencillas de hermanos, y como no tenía más tíos y sus abuelos habían fallecido cuando él era un bebé, no tenía nadie más a quien preguntar. Ni siquiera su madre conocía a tía Margaret.

Cuando ella falleció, a Tom le llegó un paquete a casa. Fue a los pocos días del entierro, ni siquiera les informaron del funeral, y aquella era la parte de la herencia que a él le había tocado. En la carta había un sobre que tía Margaret había escrito, con su laboriosa letra tan bonita de leer. «Me queda poco para morir, así que quiero enviarte mi bien más preciado. Es un poco traviesa, pero pronto te harás con ella. Cuídala como yo he hecho, con mucho mimo y respeto, y te acompañará fielmente allá donde tú vayas».

Abrió el paquete con curiosidad para descubrir una bien cuidada escoba voladora, que comenzó a flotar a su alrededor en cuando se vio libre de su prisión de cartón, dándole golpecitos juguetones en el culo cada vez que él intentaba atraparla. Hubo una conexión especial entre ellos desde el primer momento.

Entonces comprendió que su padre nunca había estado insultando a tía Margaret.

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