Relato publicado en Twitter, a partir de múltiples tuits, desde el 8 hasta el 17 de junio de 2022. Surgió como un tuit tonto, tras un sueño que tuve de verdad en el que preparaba una partida de rol, y ya de ahí se me fue un poco la pinza.
Cada párrafo del relato se correspondería con un tuit, aunque lo he revisado para corregir errores y puede que alguno excediera del límite de caracteres por tuit. Como si importase.
El primer tuit inicial sería este:
https://x.com/Goznar13/status/1534294197376847874?t=0_bARgoiEk-tHnGPgGHccw&s=19
Y el relato comienza así:
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Esta noche voy a ver si sueño que dirijo una partida de rol, que llevo ya tres noches soñando que la preparaba. Espero que los jugadores no se me queden dormidos.
La partida en sueños ha comenzado un poco descoordinada, porque los jugadores han traído sus fichas de sus casas de ensueño: uno la ha hecho para Rolemaster; otro, para Pathfinder 2; otra, para Savage Worlds; y la última, para Star Wars d6. Y eso que les dije que íbamos a jugar a D&D5.
Un humano guerrero, una minotaura artificiera, una rata gigante astromecánica y un jedi quijotesco son los PJ que se han traído. Todos con la ficha manchada de risketos . «¿Y nadie para curar?» les he preguntado, así que se han aprovisionado de estimulantes y bolsas de Radaway.
Me he mosqueado con el PJ de la rata, porque tenía 1d12 en todos los atributos y le he dicho que eso era imposible, que solo se reparten cinco puntos. Pero me ha explicado la jugadora que ha salido así en la tirada y me ha parecido lógico. Malditos sueños ilógicos.
Luego hemos hecho una sesión cero para crear vínculos entre los PJ y les he dado tres puntos fate a cada uno. Pero como se los he dado con monedas de chocolate, se las han comido. El caso es que se han liado con los vínculos y me he despertado sin haber comenzado la aventura.
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Qué chasco. Esta noche que pensaba que iba a soñar que comenzábamos la partida, y no ha sido así. Me he pasado todo el sueño sentado a la mesa, comiendo Lacasitos, tras la pantalla de 8 Tesoros, pero no se ha presentado ni un jugador. No sé si me han troleado la partida o el sueño.
Y ahora tengo que admitir que estoy un poco mosca con mis cuatro amigos en la realidad. Que vale, que era un sueño, pero me han dejado tirado. ¿Qué les costaba pasarse un poco mientras estaban en fase REM?
Parecerá una tontería, pero sigo de mal humor incluso aunque fuese un sueño. Hasta tal punto, que me ha mandado un WhatsApp mal escrito Manuela, la que en el sueño lleva la rata, diciendo que la llame, y he pasado un poco de ella. En fin, luego la llamaré al salir del curro.
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Madre mía, lo que ha ocurrido. Tras salir del curro llamé a Manuela, que estaba muy nerviosa, pero no me quería decir qué le pasaba, solo que fuese a su casa urgentemente. Estaba tan preocupada que apenas la entendía, así que llamé a mi casa para decir que iba a llegar tarde.
Me fastidia ir a casa de Manuela, porque hay que hacer tres trasbordos desde en curro y no puedo leer mucho en el metro. Así no voy a acabar de leerme la aventura de Savage Worlds. Pero a lo que iba, me abre el portal y cuando llego a su piso, me encuentro la puerta abierta.
—Pasa y cierra, estoy en el salón —me dice con voz preocupada. Y cuando llegó, la encuentro en el sofá, sentada, llorando. Bueno, digo que me la encuentro porque luego descubro que es ella, pero en verdad a quien me encuentro es a una especie de mujer-rata con ropa de Desigual.
Casi grito del susto. Mejor dicho, casi me muero del susto. Ves pelis de monstruos y no te dan miedo; pero ves de repente un bicho así y te da un parraque. Aunque enseguida ella ha comenzado a decir que era Manuela, que no sabía que le había pasado, que se había levantado así y que tenía mucho miedo.
Le he dicho de ir al médico, que es lo único que se me ocurrió, aunque lo mismo sería mejor un veterinario. Pero ella me dijo que no, que no quería que nadie la viese así, todo eso mientras lloraba y movía los bigotes ratoniles que le habían salido.
Me sentí un poco culpable porque de repente me puse a recordar que el otro día, en la Feria del Libro, vi a Gerónimo Stilton firmando libros, y me entró la risa floja, esa que surge en los peores momentos y te hace sentir mala persona. Muy mala persona.
Así que hemos estado buscando por Internet si es que eso es algún tipo de enfermedad rara; también hemos buscado páginas web de licantropía, con la serie de Dragones y Mazmorras de fondo, que así Manuela se tranquilizaba un poco viendo algo friki. Y no hemos conseguido nada.
También se han oído gritos en la calle. Entonces nos hemos acordado de que jugaba la selección contra Suiza. Bueno, nada interesante, mejor seguir con Dragones y Mazmorras.
Pero, según mirábamos cosas, me he acordado de mi sueño de la partida de rol, y de que Manuela se había elegido una rata astromecánica. Se lo he comentado y me ha dicho que ella también tuvo un sueño de que iba a jugar una partida de rol, pero apenas recordaba nada.
Al final, ha preferido quedarse sola. Total, si entra algún ladrón y la ve, va a salir huyendo. Le he preparado algo de cena, porque con sus zarpas no se apañaba y me he vuelto para casa. No ha querido que me quedara. Aparte de eso, a ver cómo se lo explicaba yo a mi mujer.
Y ahora estoy aquí, buscando en casa por Internet, a ver qué puedo encontrar sobre maldiciones y licantropía. Con suerte, el Ibuprofeno que se ha tomado le sirve para algo. Yo que sé, lo mismo con una pastilla se puede curar la licantropía.
—¿Qué haces buscando por Internet cosas de licantropía? —me ha preguntado mi mujer, cotilleando por encima de mi hombro cuando estaba con el móvil —. ¿Estás haciendo una cosa de rol de esas con hombres lobo?
—Eso es, eso es, me estoy documentando.
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Esta noche he vuelto a tener el sueño rolero, con los amigos listos para la partida de rol. Pero ha sido algo diferente. Vamos, raro, como todos mis sueños, para qué engañarnos. Pero no estaban los jugadores en la mesa, sino sus personajes.
Estaba Manuela como la vi ayer, en su casa, como una especie de mujer-rata. Con su camiseta de Desigual o algo parecido, porque en el sueño iba cambiando de forma... bueno, como ocurre en la realidad con las camisetas de Desigual. Y ella, tan tranquila, tirando dados.
Y también había una especie de hombre toro que yo creo que era Jacobo, porque así lo llamaba en el sueño, pero no se parecía mucho. No sé, tenía cuernos. Era como un minotauro. O minotaura, no sé, porque escogió un personaje femenino. Y gruñía mucho.
También estaba Gadea, que era más fácil de reconocer, si no fuese porque le había crecido una larga barba blanca. Así como la de Gandalf. Y vestía ropajes tipo jedi. Vamos, que se había hecho un jedi quijotesco. Y se mesaba todo el rato la barba.
El único que iba normal era Martín. Claro, el muy triste se había hecho un humano guerrero. ¿Hay algo más triste que hacerse un humano guerrero?
El caso es que, cuando yo llegué, ellos ya estaban hablando y enseñaban sus miniaturas para jugar.
Y al mirarlas, me parecía reconocer en cada una de las miniaturas al jugador real. Es decir, la mujer-rata tenía una miniatura de Manuela. Sin pintar, eso sí. Joder, que era un sueño, que ya sé que yo no pinto las minis, pero al menos ya me podían aparecer pintadas en sueños.
Pues todos tenían su propia miniatura de ellos mismos y se las mostraban entre ellos, muy contentos. Incluso Martín sumergía la suya en agua con sal para ver si estaba equilibrada y no salían muchas pifias. Sí, equilibraba la miniatura. Desequilibrado, que es uno.
Al final nos dio tiempo a comenzar la partida. En una taverna, por supuesto. Pero taverna con v, no con b. No sé, en el sueño la aventura comenzaba como una cámara de peli entrando en una taverna. Allí estaban los personajes, que eran los jugadores de verdad.
Estaban sentados en una sillas voladoras, algo así como las del barón Harkonnen, cerca de la chimenea, y un tipo enmascarado con la careta de V de Vendetta les daba un manuscrito para llevarlo al castillo de un conde. Hay que admitirlo, vaya mierda de principio había preparado.
Pero la partida no avanzó más, porque les dio dinero por adelantado, se lo gastaron en tomar cervezas, todos fallaron la tirada para resistir alcohol y se quedaron dormidos. Para cuando se despertaron, no tenían ni dinero, ni manuscrito, ni nada. Menos mal que ahí me desperté.
No sé si tengo que comenzar a preocuparme por mis sueños o es normal. ¿Vosotros soñáis esas tonterías? Quizá debería preocuparme más por mi amiga convertida en mujer-rata. Tengo que priorizar preocupaciones. La teoría esa de la botella llena con piedras, arena y cerveza.
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Hoy me he pedido el día libre. Le he enviado un mensaje a mi jefa y me he metido en el portal del empleado para pedir el día. Sin problema, hoy no teníamos arranque de nada. Luego, le he dicho a mi mujer que me iba para la oficina y me he ido a casa de Manuela.
Vaya, ahora que lo pienso, como me pille va a creer que le estoy poniendo los cuernos. Aunque no sé qué es más difícil de explicar, si cuernos o que estoy ayudando a mi amiga rata.
Así que allí he pasado la mañana, buscando con ella más cosas de licantropía y maldiciones por Internet. Y a comer queso. No sabía que le gustaba tanto el queso a Manuela. No hemos descubierto nada y hemos quedado que, si seguimos así, tendrá que ir al médico.
Es entonces cuando se me ha ocurrido que quizá deberíamos llamar al resto del grupo. A ver si ella está así por el sueño. ¿O será que lo he soñado porque ella estaba así y lo he adivinado? En fin, que hemos llamado a Jacobo, el de la minotaura, pero tenía el móvil apagado.
Así que le he escrito a Sara, su mujer, a ver qué tal estaba, y nos ha dicho que estaba en cama, con fiebre, y que tenía alguna extraña reacción o algo. No sé, algo así como la viruela del mono pero con pelos y dos granos enormes en la cabeza.
Nos hemos asustado. Le he dicho a Sara que si le importaba que fuese a verle, a ver cómo se encontraba, y me ha respondido que sin problema, pero que a ver si me lo iba a pegar. Así que hemos cogido mucha ropa de abrigo para tapar a Manuela y que nadie la viese así por la calle.
Madre mía, ropa de abrigo, bufanda, gorro, gafas de esquiar, con treinta y pico grados. Muy disimulada no ha pasado, no. Encima, era como en los dibujos animados, cuando llevan a cualquier monstruo mal tapado pero la gente no se da cuenta. Aunque en este caso sí que sospechaba todo el mundo.
Y ahora estamos delante de casa de Jacobo, esperando que nos abra su mujer. A ver qué es lo que le ha ocurrido. Pero me imagino lo peor.
Sara nos ha recibido con mucha preocupación. Era de esperar. Que si su Jacobito delira, que si se ha encerrado en la habitación y no quiere salir porque ahora es un monstruo. La he tranquilizado como he podido, porque con Manuela con ropa hasta la coronilla era difícil.
Le he dicho que se prepare una tila o algo y se entretenga leyendo un poco, que yo me ocupo de su Jacobito. Se ha quedado leyendo la metamorfosis de Kafka mientras yo he ido a la puerta del dormitorio. —Jacobo, abre, que soy Jorge. —¡Muuárchate! ¿Muuárchate?
—Jacobo, creo que me imagino lo que te pasa. ¿Te han salido cuernos y mucho pelo?—. Ahí se ha hecho el silencio durante unos segundos —. A Manuela le ha pasado algo como a ti, pero con una mujer-rata.
—¡Comuuuu en el sueño!
Ahí es cuando me he callado yo.
—¿Tú también has soñado lo de la partida? —le he preguntado.
—Sí, un sueño muuu loco en el que nos diriges tuuu. Por cierto, que diriges como en cuuulo.
Si no fuese porque está mutando y necesita a sus amigos, le mandaba a la mierda, la verdad.
Al final me ha abierto, poco a poco, hasta que por fin se ha mostrado. Era todavía reconocible. Los cuernos que tenía en las sienes podían pasar como de pega, pero el espeso pelo negro que le salía por el borde de la camisa, cual Alfredo Landa en Alemania, era demasiado natural.
¿Os acordáis cuando dije que a ver si mi mujer pensaba que le ponía los cuernos? Bueno, pues me ha venido eso a la mente y le he dicho:
—Anda, tu mujer ya no te puede poner los cuernos.
El estrés en los momentos duros, que tiene que salir. Él sí que me ha mandado a la mierda.
Al final ha salido y es entonces cuando les he contado lo de Manuela y ella se ha quitado la ropa de más. Sara ha pegado un buen grito. Entonces les he contado lo de mi sueño, Manuela ha hablado de sus vagos recuerdos y Jacobo de lo suyo. Efectivamente, el mismo sueño.
—¡Eso os para por frikis! —nos ha espetado Sara. Y allí hemos pasado la tarde, buscado más información, teléfonos de brujos y una lectura del Ars Magica. Al final se me ha hecho tarde y les he tenido que dejar allí a los tres. Le han buscado un nido a Manuela para dormir.
Pero hemos aprovechado para hablar con Martín y Gadea, a ver cómo estaban. Martín más pancho que ancho. Total, se había pedido un guerrero humano. Pero Gadea nos ha dicho que ha estado de dermatólogos por una extraña alergia que le ha salido en la cara. Que mañana nos cuenta.
La partida en sueños ha continuado esta noche. La versión de los jugadores en el sueño, la rata, la minotaura, el humano guerrero y el jedi quijotesco, discutían acaloradamente sobre cómo salir de esa situación. Sin dinero, sin el manuscrito, con resaca, vaya inicio de partida.
Yo, en el sueño, jugaba al Shining Force 2 en el móvil, oculto tras la pantalla, mientras ellos debatían. Querían buscar al culpable y se fueron a la zona baja para ver si encontraban al ladrón. Yo seguía jugando al móvil mientras ellos iban interpretando todo.
Incluso entraron en la habitación, durante la partida, dos personas que eran PNJ, a los que les hicieron preguntas. Y, mientras, yo seguía con el móvil. Madre mía, qué bien montado lo tenía todo, que yo no tuve ni que intervenir.
Al final, cansados de no conseguir nada, a Martín se le ocurrió que a lo mejor el malo era el barón de la ciudad. Y yo debí de sonreír en plan DJ malvado y entonces creyeron que tenían razón, y se dirigieron al castillo, como unos campeones, a ver qué ocultaba el barón.
Me desperté poco después de ver cómo a los PJ, que realmente eran Manuela, Jacobo, Martín y Gadea, los encerraban en la prisión por amenazas y agresión a la autoridad competente. Les redujeron la condena por matar al pesado del bufón, al que no soportaba nadie.
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Esta mañana ha sido imposible buscar una excusa para volver a reunirme con Manuela y Jacobo. Además, Gadea y Martín también han ido a su casa, para ver qué estaba ocurriendo, así que era importante que fuese.
Intenté explicarle a mi mujer algo medio creíble, mientras uno de mis hijos insistía en que le hiciese caso para que le dijese dónde estaba su medallón de oro de nosequé, que mira que me fastidia que me pregunten dónde dejan ellos sus cosas. Al final recurrí a la confianza:
—Cariño, es muy difícil de explicar y vas a creer que estoy loco, pero es importante para mis amigos. Confía en mí.
—Vale, pero te llevas a los mellizos contigo. Mierda, eso fue un éxito parcial en la tirada de persuasión.
Y allí estaba yo, una hora y pico más tarde, en casa de Jacobo y Sara, con una amiga rata, un amigo minotauro, una amiga con la barba de Gandalf y un amigo…bueno, uno al menos normal. Y mis hijos alucinando en colores, tirando del pelo de Manuela y tocándole los cuernos a Jacobo.
Claro, que lo de Gadea no lo he contado porque en ese momento no lo sabía, pero su extraña dermatitis resultó ser una barba que crecía por segundos. Se la afeitaba y en menos de una hora ya tenía un papel fijo para la serie del Señor de los Anillos.
—Está claro que esto tiene que ver con los sueños, que se nos mezcla con la realidad—dije, totalmente convencido. Claro, ellos también habían llegado a esa deducción. Y encima Gadea estaba enfadada conmigo por estar jugando con el móvil mientras les dirigía en sueños.
—A lo mejor mi colgante de oro os puede ayudar —dijo entonces uno de mis hijos —. Por detrás pone «Oníricon», que es como algo de sueño, ¿no?
Si no fuese porque mi hijo aún no sabe que son los artefactos en los juegos de rol, pensaría que me estaba tomando el pelo.
Nos hemos puesto a buscar por Internet sobre el Oníricon, con la tele de fondo con capítulos de los Serrano, que a Sara le ha dado por ver series de hace años, que las cosas nuevas ya no me molan. No había quien se concentrara con el Fiti de fondo.
Pero por fin hemos dado con algo, un blog friki de hace casi veinte años, en el que la creadora ponía reglas para la tercera de D&D, basada en leyendas que había oído, y se había inventado el Oníricon, un artefacto maldito que mezclaba la realidad con los sueños.
Maldita sea, ya se podía haber traído mi hijo a casa un anillo de los deseos o unas piedras ioun. ¿Qué va a ser lo siguiente que traiga? ¿La Stormbringer? En fin, que mientras ellos seguían recopilando información, yo me he vuelto con mis hijos a casa, a buscar el colgante.
Y con eso nos ha dado todo el día. Hemos encontrado el colgante en mi mesilla, entre el libro del pozo de la ascensión y el manual de Polaris. Tengo que admitir que mi mesilla es un desastre, normal que ahí acabe un objeto maldito. ¿Puede que sea una mesilla de noche maldita?
El colgante realmente es una medalla de oro, con muchos golpes, que se ve que ya ha pasado lo suyo, y con un relieve en espiral. Y por detrás, grabado, pone Oníricon. La verdad que nada especial. Pero mi hijo lo encontró tirado junto a un cubo de reciclaje de cartón y se lo quedó.
Recomendación: los artefactos malditos, al punto limpio, por favor.
Nosotros, mientras, nos hemos quedamos en casa. Ahora me toca contarle toda la verdad a mi mujer, porque mis hijos, por más que les he dicho que no digan nada, son incapaces y ya han soltado demasiadas verdades.
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Manuela, Martín, Gadea y Jacobo, los de los sueños, estaban en prisión, una prisión medieval, vistiendo ropa del Zara y del H&M. Discutían en qué momento el azar había decidido que acusarán al barón de robarles un manuscrito. No tenía sentido, era como si alguien tomase las decisiones por ellos.
¿Cómo podían salir de ahí? Manuela intentó engatusar al carcelero, que ni se inmutó. Martín pensó que quizá debería intentarlo él, pero el carcelero se lo tomó a mal y le dio un porrazo en la frente que lo hizo caer al suelo. Allí seguro que le salía un buen moratón.
Mientras tanto, la rata, el guerrero, el jedi quijotesco y la minotaura discutían cómo salir de allí. Habían fallado la primera tirada de persuasión y pifiado la segunda. Quizá usando algún poder podrían salir de allí.
—Dejadme a mí —dijo el jedi, y gastó un punto de fuerza.
Gadea movió la mano y dijo:
—Libéranos y márchate de aquí.
Y el carcelero abrió la jaula y se marchó de allí.
—Vaya, estoy sorprendido a la vez que defraudado por la falta de originalidad —dijo Jacobo, aunque nadie entendió por qué. Y salieron de la cárcel para huir de allí.
Se tiraron horas recorriendo pasillos con baldosas de metro y medio de ancho y largo. Aquel maldito castillo parecía un laberinto. Siempre había una bifurcación que parecía no tener sentido. Finalmente, escabulléndose de unos guardias goblins, huyeron de allí.
El chocar de las manos de la rata, el guerrero, en jedi quijotesco y la minotaura fue lo que me acabó despertando.
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Despertarse un domingo pensando que puedes descansar y recordar al instante que tienes un montón de amigos mutantes que necesitan tu ayuda es peor que cuando te despiertas un jueves pensando que es viernes. Así que lo primero fue darse un duchazo, por si todo había sido un sueño.
Pero no era un sueño. Ni tampoco eran cuernos, como mi mujer seguía pensando, pese a que le había contado toda la historia. Tenía que hacerme una foto con mis amigos raritos para que se lo creyese. Eso sí, por si acaso, me tocaba volver a llevarme a los niños.
Así que un desayuno rápido y un par de horas después ya estábamos en Creta, que es como había decidido llamar a la casa de Jacobo. Por eso de que era un minotauro. Ya veis, uno, que es muy ocurrente. Allí estaban todos reunidos, como si fuera un circo. Solo faltaba el payaso. Yo.
Había agitación en Creta. Menos Jacobo, que se encontraba jugando con una peonza, de las que se tiran con los dedos:
—Mirad, chicos —les dijo a mis hijos nada más entrar—, la tiro tan fuerte que nunca para, lleva rodando cinco minutos.
Y mis hijos alucinando.
Yo fui a la cocina, donde se sentía la algarabía. Martín tenía una bolsa de guisantes en la frente y parecía conmocionado.
—¿Qué ha ocurrido? —les pregunté. Entonces se quitó la bolsa y vi que tenía la frente morada—. ¿Y eso?
—Así se ha despertado —respondió la barbuda Gadea.
—¿Pero te has dado un golpe? —le pregunté , sabiendo la respuesta.
—El que me dieron en el sueño. En tu partida —recalcó eso como con un poco de rencor—. O eso creo, porque es un recuerdo muy vago.
Eso confirmaba mi sospecha. No pude dejar de sentirme culpable.
—Sí, me acuerdo del sueño, pero habrá sido casualidad, ¿no? Lo mismo en el sueño te dieron porque tú te diste un golpe en la realidad.
La barbuda Gadea negó con la cabeza:
—Quién sabe, pero estamos en un punto en el que no nos podemos confiar. Tenemos que solucionar esto.
—Al menos tenemos una pista —dijo Gadea, mientras se recortaba la barba —. Ayer le escribí en el blog a la chica que se había inventado lo del Oníricon para la tercera de D&D. Me respondió que no recordaba exactamente de dónde había sacado la historia, pero que era una leyenda que hablaba de la catedral sin acabar de un hombre justo.
Todos nos miramos sin estar seguros de qué podía significar eso. Nos venía a la mente la Sagrada Familia, pero eso del hombre justo no nos encajaba mucho.
—Me da igual, es la única pista que tenemos, estoy hay que solucionarlo —dijo Martín, muy dispuesto.
Es hasta gracioso pensar que, mientras todos seguíamos dando vueltas para confirmar sí realmente era aquel el sitio, Martín compró un vuelo a Barcelona en el día, carísimo, y se marchó a toda prisa para el aeropuerto, para descubrir, horas más tarde, cuando ya volaba, que ese no era el lugar que buscábamos.
—¿Os acordáis del anuncio ese de Aquarius del tipo que estaba construyendo una catedral? —preguntó Jacobo.
—La de Mejorada —respondí yo, que ya había estado allí—. Una catedral sin acabar. El tipo murió hace unos años.
—¿Y cómo se llamaba el tipo?
«Justo Gallego» nos dijo Google.
Así que el día siguiente ya estaba planeado: Esperar a que Martín volviese de Barcelona, reírnos todos de él e irnos para Mejorada del Campo. Eso sí, nos tendríamos que esforzar aquella noche para que los personajes de la partida de rol no se metiesen en problemas.
—¿Entonces qué hacéis? —les pregunté a los jugadores en sueños, oculto tras la pantalla, mientras dibujaba churros en el cuaderno (literalmente churros, de los que se comen con chocolate).
—Nada, esperar —me respondió la minotaura.
— ¿Pero a qué? Algo tenéis que hacer —decía yo, enfadado.
La rata, el jedi quijotesco, el guerrero humano y la minotaura hablaban entre ellos, susurrando para que no les escuchase, y yo tiraba 1d100 detrás de la pantalla para ver si conseguía escucharlos. Pero como sacaba un resultado demasiado alto, no podía oír lo que decían.
—¡Nada! —dijeron al unísono y con eco—. Nos quedamos sin hacer para que nuestros alter egos no sufran daño.
—Pero si son aventureros, y no son más que una ficha de papel —decía yo, confuso.
—No, esos no, los otros alteregos.
No entendía nada. ¿Estarían jugando con otro DJ?
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Me desperté de muy mal humor. Qué ganas de estropearme la partida. Tarde un poco en darme cuenta de que los jugadores del sueño habían sido más prudentes que yo. También me di cuenta de que aún no había pedido el día libre. Al final me iban a echar del curro, ya verías.
—Jorge, hoy tienes que acabar con esto, que lo del rol cada vez te consume más tiempo —se quejó mi mujer cuando le dije que había vuelto a pedir un día.
—Sí, bueno, a ver si podemos—replicaba yo, en bajito, mientras íbamos a la par, preparando niños en cadena, para ir al cole.
Una vez estaban los tres en sus correspondientes escuelas, regresé a casa de Jacobo. Martín iba a volver a media mañana en el AVE, por no poder coger otro avión, así que nos tocó ir a recogerlo a la estación para salir los cinco hacia Mejorada. Sara prefirió quedarse en casa.
El coche nos llevó por la M45 a Mejorada del Campo, con un minotauro y una mujer-rata tapados hasta cuernos y hocicos, y Gadea con la cara oculta. Se había afeitado ya dos veces por la mañana, para poco. Comenzaba a pensar en vender el pelo, que lo mismo por ahí tenía un filón.
Llegamos a la entrada de la Catedral de Justo, la obra de un único hombre que impresionaba por toda la dedicación que le había dado. Ahora estaba en manos de Mensajeros de la Paz. No vimos a nadie cerca a quien preguntar. ¿Pero preguntar el qué? ¿Dónde se cogía la vez para maldiciones?
Así que nos colamos por el acceso principal, no sin antes echar una limosna, y dimos un paseo entre las salas accesibles. No sabíamos qué buscar, ni siquiera si era el sitio correcto. Como al final fuese la Sagrada Familia, Martín se iba a enfadar un buen rato.
Deambulamos por el interior de la Catedral entre andamios, desierta a aquellas horas, yendo por las sombras para evitar que nos pudiese ver algún vigilante. No teníamos muy claro si se podía entrar o no, pero por si acaso íbamos sigilosos. Además, así la mujer-rata y el minotauro también pasaban desapercibidos.
La verdad, no estábamos seguros de qué era lo que buscábamos, pero cuando vimos a una Virgen María con el niño en un brazo y levantando la otra mano, lo tuvimos claro, ¡en ese mano tendría que ir el colgante! Así que el minotauro izó a Gadea, que dejó el colgante en la mano y...
...no ocurrió nada. ¿Quizá habíamos jugado demasiadas partidas de rol o habíamos visto muchas veces la película de los Goonies? Probamos otras formas: al cuello de la virgen, sujeto en la frente, y nada. Y entonces dijimos, «a ver si lo tiene que llevar el niño» y se lo pusimos a él y...
...tampoco ocurrió nada. Solo esperábamos en ese momento que no hubiese cámaras de seguridad. No tanto por si nos veían y nos echaban, como por el ridículo que estábamos haciendo.
—¿Y si probamos a entrar aquí? —preguntó Martín, señalando a una puerta medio oculta que ponía «Privado».
Mirando para todos lados, como si ya no hubiésemos pasado suficiente tiempo como para que alguien nos viese, y abrimos la puerta privada. Con mucho miedo. Yo me imaginaba corriendo delante de una bola de piedra, como en Indiana Jones, pero con forma de d20. Pero solo había un pasillo oscuro y unas escaleras.
Tras la decepción por encontrar un túnel normal, entramos todos en el pasillo y encendimos la luz, pulsando el interruptor junto a la puerta. Nada de glamour aventurero, con antorchas o infravisión. Bajamos la escalera, que nos llevó hasta una única sala plagada de armarios.
En el centro de la sala había una estatua, aún sin acabar, pero casi. Representaba a un hombre mayor, delgado, con ropa de obrero.
—Vaya, hemos llegado al centro de las invocaciones —bramó Jacobo.
—Para mí que solo están construyendo un homenaje—le rectificó Manuela.
En una mesa, junto a la estatua, había un cartel de metal que decía «El sueño cumplido de un visionario». Lo miramos con curiosidad y luego a la estatua.
—¿Se lo ponemos a él?—dije, con el colgante en la mano—. Total, ya hemos hecho el ridículo antes.
Y entonces se escuchó una voz.
—¡Malditos vándalos, por fin os pillamos!
Dos vigilantes de seguridad habían entrado en la sala, amenazando con sus porras. A todos se nos pasó por la cabeza decir que solo queríamos devolver el colgante, pero con dos de los nuestros embozados como iban, no serviría de nada.
Tan pronto se acercaron un poco a nosotros, comenzamos a correr por la sala, como en un sketch de comedia. Alguno de los nuestros se llevó algún porrazo, porque se escucharon un par de protestas.
—¡Os vais a enterar por destrozar todo y robar el otro día!—nos iban diciendo.
Yo aproveché la única oportunidad que se me presentó para dejar el colgante en el cuello de la estatua. No sé muy bien por qué lo hice, pero el salto que tuve que dar me sacó de la ruta que seguía la porra de un vigilante en ese momento. Y después, salimos todos pitando.
Escapamos de la Catedral todo lo rápido que pudimos, con los vigilantes increpando a nuestras espaldas y antes de que las sirenas de policía de escucharan demasiado cerca. Hubo un momento en el que varios nos separamos, pero teniendo localizado en coche, allí nos volvimos a juntar.
Y ahora estamos volviendo en coche a casa de Jacobo. Estamos con una mezcla de miedo, excitación y alegría. ¿Se sentirán así los aventureros de las partidas de rol? Mis amigos están debatiendo qué hacer con el colgante. Todavía no me he atrevido a decirles que lo he dejado allí.
No se han tomado muy bien que haya dejado allí el colgante. Vamos, me han llamado de todo. Así que mañana me toca volver allí a ver si lo puedo recuperar y descubro qué hacer con él. Ahora, por el momento, toca dormir. Ya pediré mañana otra vez el día libre.
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Se me ve asomándome por detrás de la pantalla del DJ, todo en brumas oníricas, narrando la partida. Enseguida cambia la cámara y se dirige al mundo de fantasía, donde unos guardias están corriendo por pasadizos, intentando llegar hasta donde están los PJ.
Mi yo como DJ disfruta pensando en la emboscada que les voy a hacer, con muchos bonos en ataque y muchos dados de daño asegurados. Pero mi yo subsconsciente teme que alguno de mis amigos sufra daño real. Entonces los pasadizos acaban y confluyen en una gran sala con suelo de ajedrez.
Pero en la sala no hay ningún PJ. Los guardias miran la pared norte, sur, este, oeste, pero solo ven a otros PNJ Y, de pronto, del techo caen cuatro aventureros, sorprendiendo a los guardias: un guerrero humano, una rata astromecánica, una minotaura artificiera y un jedi quijotesco.
Se ven espadazos destruyendo armaduras, una llave inglesa gigantesca destrozando cascos, granadas química explotando, un sable de luz cortando extremidades. Y, cuando todo el ruido acaba, en medio de la sala están los cuatro aventureros, en pose triunfal.
Yo me levanto de golpe de la mesa de rol y gruño, porque los jugadores me han ganado. Maldita sea, otra vez. Mientras, Martín, Manuela, Jacobo y Gadea se dan la mano y celebran la victoria, mientras sobre sus cabezas salen un montón de números, indicando los puntos de experiencia que han ganado.
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Me he despertado enfadado, para luego echarme a reír, pensando en lo competitivo es mi yo de los sueños. Mira que pensar que los jugadores competían contra mí. Y entonces me he dado cuenta de que esta vez, en el sueño, los que aparecían jugando eran mis amigos, no sus personajes.
¡No me he tenido que coger el día libre! Bueno, esa no es la buena noticia, lo es el motivo por el que no he tenido que hacerlo. Tras despertarme, he ido a whatsappear a mis amigos, a ver qué tal estaban, por si el sueño había sido premonitorio.
Y así había sido. Nada más conectar la tarifa de datos se me ha inundado el móvil de mensajes, mitad de desconcierto, mitad de alegría. Manuela, Jacobo y Gadea ya no son mutantes frikis y han vuelto a su ser. Martín sigue como siempre, incluyendo el moratón en la frente..
Incluso han enviado fotos de su nuevo estado… o el viejo… Su estado correcto, quiero decir. Así que parece que todo se ha arreglado. Eso sí, han prometido todos dejar el rol por una temporada. Al menos, hasta la semana que viene. Y nada de fantasía. Un Imserso to the limit para la próxima.
Los jugadores de los sueños se han venido arriba en los sueños. Han decidido volver al castillo del barón, porque siguen pensando que allí está el manuscrito. Yo hago cálculos con mi calculadora solar, que me dice el valor de desafío de cada combate que les espera. Lo tienen difícil.
Sin embargo, después de todo lo vivido, los personajes recorren el castillo como si nada, derrotando guardias humanos, goblins, cangrejos gigantes y un tipo con seis dedos en cada mano que mató a los padres de todos ellos. Y resulta que sí, que el barón tenía el manuscrito.
El barón, un tipo canijo, sentado en su gran silla de escritorio, agarra el manuscrito con fuerza, un libro con una máscara sonriente y chispeante en su portada, pero los personajes se lo quitan de las manos y se van de allí, como si nada, con el barón gritando que se vengará.
Pero no podrá hacerlo, porque cuando los personajes se alejan del castillo, andando a cámara lenta, explota. Yo me desespero, porque nada me ha salido bien y no les he causado ni una consecuencia. Y entonces me doy cuenta de que, a mí alrededor, está todo lleno de pelo.
Es mi propio pelo, que ahora es blanco, y me lo he arrancado a tiras por el estrés y ahora estoy calvo en coronilla y frente y con pelo largo por los lados, y visto una túnica roja y he menguado hasta ser del tamaño de un mediano. ¡Me he convertido en el Amo del Calabozo!
Es entonces cuando despierto, asustado. Respiro fuerte tras la pesadilla y acierto a encender la luz de la mesilla.
—Apaga esa luz—protesta mi mujer.
Y entonces abre un ojo, me mira, pone cara de terror y pega un grito.
—¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre?—y entonces me doy cuenta de que el colchón y la almohada están lleno de pelo blanco.
Intento bajar de la cama para verme en el espejo del baño, pero me cuesta porque, de pronto, todas las alturas parecen mucho mayores.
—No, por favor, no—gimo de miedo.
Voy al baño corriendo, tirando al suelo, por las prisas, todo lo que tengo en la mesilla: los libros, el cuadro de la fiesta en el hotel Overlook, el móvil… y cuando por fin llego, me tengo que subir al escalón de los niños para verme. Para ver la cara del Amo del Calabozo.
Y me pongo a llorar, de rabia, de impotencia, mientras mi mujer se acerca, me gira la cara, me zarandea y me dice:
—Jorge, despierta, despierta ya, despierta de una vez… vamos, que tienes que abrir.
Me cuesta despertarme, duermo siempre tan profundamente. Y eso que esta cama desvencijada con alguna que otra chinche es horrible, pero mejor eso que dormir en el granero. Me incorporo y enciendo el candil.
Lola se levanta con el mandil ya puesto. Yo no recuerdo dónde lo deje, así que me tocará buscarlo.
—Has vuelto a hablar en sueños, has dormido muy agitado, Jorge.
—Ya sabes, los sueños fantasiosos de siempre—digo, mientras se oye un crujido fuera, por la ventana.
—¿Pero qué sueñas? Nunca me lo cuentas—me pregunta.
—Nada, mezclo cosas de verdad, como a los parroquianos, con cosas sin sentido, que no entiendo. Algo como un juego de tabas. Esta vez aparecían la minotaura, la rata y el guerrero. Ah, y el tipo raro ese de la barba larga.
Abro la ventana para ver de dónde viene el ruido y veo el cartel colgando de la pared, medio caído y moviéndose por el viento. Con una piedra suelta de la pared, a golpes, lo vuelvo a clavar. Ya está, arreglado.
«Taverna», ahora el cartel se ve bien claro, por si alguien de esos que saben leer busca un lugar culto donde beber algo. Para el resto de analfabetos de la ciudad amurallada de Nolsberg, con el dibujo de la cerveza que hay debajo de la palabra es más que suficiente.
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