Había leído las indicaciones de la pantalla que se había desplegado en tres dimensiones virtuales delante de él, escritas en aquel extraño idioma del que había aprendido los conceptos básicos en apenas veinte días, lo suficiente para poder realizar las tareas que necesitaba aunque no fuese capaz de pronunciar ninguna de esas extrañas palabras.
Había navegado por una serie de opciones nada intuitivas y ejecutado varios comandos demasiado técnicos antes de poder activar el menú en el que podía seleccionar aquel último paso necesario para acabar la tarea. Ya solo tenía que pulsar la tecla redondeada de color anaranjado en el teclado holográfico.
En ese preciso instante, toda su decepcionante vida pasó por delante de él.