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jueves, 3 de septiembre de 2026

Relato: Ese instante decepcionante

Había leído las indicaciones de la pantalla que se había desplegado en tres dimensiones virtuales delante de él, escritas en aquel extraño idioma del que había aprendido los conceptos básicos en apenas veinte días, lo suficiente para poder realizar las tareas que necesitaba aunque no fuese capaz de pronunciar ninguna de esas extrañas palabras.

Había navegado por una serie de opciones nada intuitivas y ejecutado varios comandos demasiado técnicos antes de poder activar el menú en el que podía seleccionar aquel último paso necesario para acabar la tarea. Ya solo tenía que pulsar la tecla redondeada de color anaranjado en el teclado holográfico.

En ese preciso instante, toda su decepcionante vida pasó por delante de él.

Pasó ese instante en el que su madre, decepcionada, le contaba el día en el que el ginecólogo le había dado la dolorosa noticia: lo que venía no iba a ser niña, sino niño.

Pasó ese instante en el que su padre, decepcionado, le abroncaba por abandonar el equipo de fútbol, al poco tiempo de que le hubiesen hecho capitán y justo cuando se rumoreaba que un ojeador de los infantiles del Real Madrid podría pasarse por los campos para buscar nuevas promesas.

Pasó ese instante en el que la orientadora del instituto, decepcionada, no se tomo nada bien que ignorase sus recomendaciones y, en lugar de realizar cualquier carrera que él decidiese, tras obtener las mejores notas de acceso a la universidad de todo el país, prefiriese comenzar su carrera militar.

Pasó ese instante en el que su teniente, decepcionado, denegó su solicitud en múltiples ocasiones antes de que pudiese por fin dejar infantería, y con ella a todo su escuadrón, para incorporarse a las filas de nuevos suboficiales del reciente ejército aeroespacial.

Y pasó ese instante en el que toda la humanidad, decepcionada, recibía la noticia de cómo rendía su flota naval frente a la poderosa nave-planeta de aquella combativa especie alienígena que había invadido el Sistema Solar en pocos meses, pese a que si no lo hubiese hecho habrían acabado con todos sus soldados, hubiesen destruido todas sus defensas espaciales y sistemas de comunicación y, posteriormente, hubiesen exterminado al ser humano por completo.

Pasó toda aquella colección de instantes decepcionantes por su cabeza antes de que le pudiese enviar a su cerebro la orden de pulsar el botón y ejecutar el comando de autodestrucción que reduciría a cenizas a la titánica nave-planeta. Todas las flotas navales que dirigía en tiempo real en los cuatro sistemas solares separados años luz quedarían incomunicadas. El poder que suponía la completa sincronización colmena entre pilotos y soldados, independientemente de lo lejos que estuviesen, sería reducido a la nada. Las cuatro especies inteligentes que eran sojuzgadas por aquellos alienígenas por fin quedarían libres de su yugo, incluyendo al ser humano.

Y sopesó si aquello no decepcionaría a sus captores, que lo habían considerado como un rehén ejemplar y de total confianza. Si con esa acción no decepcionaría a su mayor enemigo.

Se paró, con el dedo sobre el botón, para pensar si estaba preparado para decepcionar, de nuevo, a alguien más.

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