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lunes, 26 de octubre de 2026

Microrrelato: El peor relato de todos los tiempos

Después de haber escrito «el cuento más bonito del mundo», me toca escribir el peor relato de todos los tiempos.

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Tras haber ganado un premio Mundo, arrasar en los Hugo, conseguir el Mary Shelley de Oro, llevarse un Le Guin, obtener un Primera Ley de Asimov, ser premiada con un K. Dick Internacional, agenciarse un C. Clark, lograr un Verne Inmortal, ser galardonada con un Ignotus y optar al Nobel de Literatura con su novela corta de «los desposeedores», Antonina no había vuelto a conseguir cruzarse con su musa.

Imagen de Congerdesign en Pixabay

Había sido tan fácil escribir aquel relato. Simplemente se había dejado llevar, como poseída por las mejores mentes de la ciencia ficción, todas dentro de su cerebro en un mismo instante.

Ocurrió aquel fin de semana que estuvo encerrada en un hotel de Albacete, reunida con algunos de sus colegas escritores a los que siempre había envidiado y que había acompañado al Simposio de ciencia ficción de la Mancha; jugando con ellos a aquel concurso tan chorra que se habían inventado para entretenerse durante los días de encierro, entre charla y charla. Fue ese momento cuando escribió lo que acabaría convirtiéndose en una obra maestra.

Nunca se había esperado nada así, porque todo lo que había creado hasta aquel entonces había sido bastante decepcionante, ni siquiera digno de ser ojeado por aquellos que llamaba colegas escritores, solo comentado de vez en cuando por alguien en su blog personal o por su vecinita, la del quinto izquierda, a la que le encantaba demasiado leer.

Inesperadamente, había triunfado.

Pero ahora no conseguía volver a dar con la tecla. Había escrito alguna cosa más, pero sin ningún éxito. Y lo último que tenía allí, en sus manos, recién impreso en Book Antigua a tamaño diez, podía considerarse como el peor relato de todos los tiempos. Se lo había releído varias veces, le había dado vueltas, lo había repasado hasta la saciedad, había hecho multitud de cambios y solo iba a peor.

Sabía que no sufría de síndrome del impostor: estaba siendo puramente objetiva. Había algo que fallaba en aquella historia mas no sabía lo que era, y ese algo lo convertía en una verdadera basura. Le daba vergüenza enseñárselo a sus colegas escritores, porque la despreciarían aún más que con sus primeras historias; incluso se negaba a publicarlo en su blog para que no la humillase algún desconocido anónimo, así que se lo había dejado a la vecinita del quinto izquierda, Valentina, la preadolescente de doce años de trenza larga y gafas redondas. Le encantaba demasiado leer y devoraba media biblioteca al mes, así que había agarrado apasionadamente el manuscrito de Antonina con ganas de leerse algo que podía optar a otro Nobel.

La vio agitar la cabeza negativamente en múltiples ocasiones y suspirar, aparentemente decepcionada. Repasó el relato un par de veces y se mordió los labios con dudas.

—No quiero ser muy cruel —comenzó tras la última lectura—, pero no hay por donde cogerlo. Siento decirlo, pero...

—Ya, lo sé, es el peor relato de todos los tiempos —suspiró Antonina, casi aguantando un sollozo.

—Quizá no tanto. Pero sí, no es nada bueno.

—¿Y qué puedo hacer? Solo he escrito algo decente y fue por pura casualidad.

—Es que me da la impresión de que hay algo que falla y que lo fastidia todo.

—¿El qué? ¿La propia historia? ¿El ritmo? ¿El tono? 

Valentina comenzó de nuevo con la primera página, mientras agarraba un bolígrafo de cuatro colores y decía:

—Yo creo que es esto.

Tachó una «o» para reemplazarla por una «y» en la tercera línea del tercer párrafo.

—Por favor, no te rías de mí —protestó Antonina, que le quitó el texto de la mano, malhumorada, y comenzó a leerlo.

«Clic», hizo algo en su cabeza.

Siguió con la lectura hasta acabarla de un tirón, con Valentina observándola con una sonrisa alentadora.

—Es... es... ¡es verdad! Es increíble, es fantástico, es maravilloso —se dijo.

—Acabas de escribir una nueva obra de arte —exclamó la vecinita, con regocijo.

Se abrazaron, se pusieron a bailar y se tomaron un cacao soluble con galletas para celebrarlo viendo el castillo ambulante en la televisión.

Aquel año Antonina hizo algo más que optar por el Nobel de Literatura, pese a haber escrito el peor relato de todos los tiempos.

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