domingo, 15 de marzo de 2020

Microrrelato: Mirándome en el espejo

Este microrrelato tiene ya algo más de tres años. Lo escribí para alguien a quien no voy a poder leérselo, y ahí ha quedado guardado.

Pero ahora, tras rescatarlo, me he decidido a darle una revisión y subirlo.

Mirándome en el espejo

He estado toda la noche aterrada, con aquella gran preocupación rondando por mi cabeza. A eso hay que sumarle las peleas de mis hermanos mayores a plena noche y los ronquidos de mi padre, acallados a ratos por el chistar de mi madre. Apenas he podido dormir. Así que, esta mañana, he decidido comprobar como andaba todo en mi organismo para poder quitarme aquella incertidumbre de encima.


Nada más levantarme me he dirigido directamente al baño grande, aún con mi pijama de Ninjagos. Me encanta Zane, pero esta noche me ha tocado cambiarme y estoy con el de Nya, que no está tan chulo pero también es lindo. He cogido el escalón del Ikea para poder llegar bien al lavabo y verme reflejada en el espejo. Como aún no soy muy alta, me ha tocado ponerme de puntillas para poder verme algo más que la nariz. Así he podido verme la boquita. Y es que el baño pequeño tiene el espejo aún más alto y allí sólo me veo la frente, y eso haciendo un esfuerzo.

Todavía tenía legañas, pero de eso ya se ocuparían ama o papá cuando se levantasen. Aunque se lo he querido pone fácil y me he quitado la más grande de todas, más que nada porque me molestaba para mirarme con atención.

He fruncido el ceño todo lo que he podido para poder ver mejor, como hacen los mayores cuando prestan atención a los mensajes del móvil o cuando están trabajando con sus portátiles. No noté mucha diferencia, pero si lo hacen los mayores es que tiene que funcionar muy bien.

Y, entonces, he abierto la boca mucho, pero mucho, mucho, mucho, para poder sacar la lengua entera. No veía nada llamativo, así que he tenido que fruncir aún más el ceño hasta que me ha dolido un poco la cabeza. Eso seguro que significaba que lo estaba haciendo bien.

Primero me he fijado en la puntita de la lengua. La he movido bien hacia todos los lados, arriba y abajo, pero seguía sin ver el motivo de mi preocupación. Bueno, sí, algo sí que he visto. La tenía rojita y había muchos puntitos requetepequeños de los que nunca me había percatado. No sé, lo mismo esos puntitos sólo aparecen por la mañana y luego desaparecen al tomar leche. A lo mejor son las legañas de la lengua. Pero no había nada más. He hecho más fuerza y la he sacado aún más, hasta que me ha dado una arcada, pero no he conseguido encontrar nada más.

Así que lo mismo había algo que no andaba bien. Me he puesto un poco triste, mientras seguía intentando descubrir algo haciendo aún más fuerza con mi entrecejo y diciendo muy fuerte "aaaaah" como cuando el médico me pone el palito en la boca.

Entonces ha entrado ama en el baño, bostezando mientras me miraba y sonreía. Después del bostezo, claro, porque no se puede sonreír y bostezar a la vez, que yo ya lo he intentado y no lo he conseguido.

-Buenos días, princesa, hoy has madrugado mucho.

-Buenos días, ama. Es que no podía dormir - le he respondido tras esconder la lengua. Me ha dado miedo durante unos segundos por si me la tragaba, de lo rápido que me la he guardado.

-¿Y eso, peque? – me ha preguntado, mientras se acercaba a mí para darme mi merecido besito matutino.

-Es que estoy preocupada, ama – me he sincerado, mientras le mostraba el interior de mi boca – mida, mida -. No se me entendía muy bien, lo reconozco, pero ama siempre sabe lo que digo porque es como adivina.

-Ya veo, vaya lengua más grande- me ha dicho - ¿y qué le pasa? Yo la veo bien.

-¡Que no tiene pelos! – he respondido, indignada- Ama, ¿tengo la lengua mal? ¿Cuándo salen los pelos?

Ama se ha echado a reír, no tengo muy claro el porqué, pero me ha dado un fuerte abrazo para animarme.

-Hija, en la lengua no salen pelos.

-¿Y por qué la abuela decía ayer que la Paquita no tiene pelos en la lengua? – he dudado, aún con ella fuera, pues se me había olvidado guardarla.

-Es una forma de hablar de los mayores - me ha respondido, tras pasar unos segundos intentando adivinar lo que yo le había dicho -. Significa que dice lo que piensa, sin callárselo, sin cortarse ni un pelo.

-Ah, ah, ¿entonces no me van a salir pelos ahí y está todo bien? – le he preguntado, con los ojos muy abiertos.

-Por supuesto que está todo bien, tienes la lengua más bonita de todo el mundo mundial- y me ha dado un fuerte abrazo mientras yo me apoyaba en su hombro, sonriendo.

Claro que, después de eso, tras llevarme al comedor para desayunar, mientras tomaba mi cola cao tranquilamente, a mi mente ha llegado una nueva idea que ha comenzado a intranquilizarme: Si cuando alguien dice lo que piensa, no se corta ni un pelo, yo que no siempre digo lo que pienso, ¿me voy a tener que cortar el pelo? ¿Voy a quedarme entonces calva?

sábado, 18 de enero de 2020

Ogro, no me comas

Aquí os dejo un nuevo microrrelato, sobre un duendecillo y un ogro.

Ogro, no me comas


La respiración del duendecillo estaba disparada. Con los ojos abiertos de terror, arrebujado entre los matorrales, deseaba que el gigantesco ogro no diese con él. Sentía el retumbar de sus potentes pasos aproximándose. "Que no me encuentre, que no me encuentre" deseaba el duendecillo. Pero su corazón latía con tanta fuerza, que todos los habitantes del bosque debían de estar escuchándolo.

Vio a un conejito pasar a su lado, huyendo asustado, saltando a toda velocidad, antes de que la enorme cabeza del ogro apareciese junto a él.

-Ogro. Cocinar. Duende. Comer -dijo con una sonrisa llena de dientes amarillentos y rotos. Después, su inmensa manaza agarró al diminuto duendecillo y lo levantó en vilo -. Ogro. Cocinar. Duende. Comer -repitió, mientras volvía a ponerse en marcha, destruyendo toda la flora que se cruzaba en su camino.

-Por favor, por favor, no me hagas nada -lloriqueaba el duencecillo, mientras se removía entre sus gigantescos dedos.

-Ogro. Cocinar. Duende. Comer -le respondió el ogro, y apretó con mas fuerza su gran mano, si eso era posible, aplastando aún más al indefenso duendecillo.
El duencecillo probó, en la desesperación, a morder el dedazo, pero estaba más duro que una piedra y casi pierde un diente en el intento. Estaba completamente perdido.

Tras una larga caminata entre árboles, matorrales y piedras, el duendecillo ya había perdido toda la esperanza, y gimoteaba, imaginándose en la barriga de aquel terrible glotón. El ogro, mientras tanto, seguía con su letanía:

-Ogro. Cocinar. Duende. Comer.

Llegaron a una caverna, excavada en la montaña y tapada por las ramas de un árbol a punto de caerse. El ogro entró sin miramientos. Una pequeña hoguera iluminaba con pereza el interior, pero el duendecillo pudo distinguir una mesa destartalada en el centro y una silla alta y sin respaldo. Parecía más el tocón de un árbol. La mesa estaba lista, con un plato tapado, una servilleta mugrienta y unos cubiertos de madera.

-No me comas, por favor -intentó, por última vez, el duendecillo.

El ogro lo miró extrañado, dejó al duendecillo sin demasiado cuidado en la silla y levantó la tapa del plato. Unos guisantes con zanahorias inundaron los alrededores con un aroma delicioso.

-Ogro. Cocinar -especificó, señalando el plato -. Duende. Comer. 
Y el ogro se sentó junto al duendecillo para ver como disfrutaba de la comida que con tanto cariño había preparado para hacer amigos en su nuevo barrio.